María E. Yuguero - SIN FINES DE LUCRO - 2008

 Sala Carlos Federico Sáez, MTOP. Montevideo.

“El hombre continúa siendo gorila, lúbrico y feroz” Hippolyte Taine   

El mundo de Bernardo Cardarelli es sin duda obsesivo. Sin embargo, a la hora de imprimir una tónica regente a su obra, el artista parece considerar al mundo desde dos puntos de vista alternativos, por momentos planteados en perfecta y paradójica simbiosis. El humor y la tragedia, incompatibles por principio, son emplazamientos desde los cuales aplica su mirada compulsiva sobre el individuo contemporáneo para concluir su esencia falible, su fragilidad inveterada, su ridícula pero heroica soberbia,  su aspaventosa insignificancia, su hipócrita discurso de magna filantropía, su ser víctima de sí y de los otros, emergentes desde uno u otro mirador. El humor también es tragedia.

Es indudable que su visión del hombre es muy poco edificante, pero sus planteos no son realizados desde la moralización, sino desde la observación crítica, a la manera de los satíricos latinos y no a semejanza de Molière. Quizá haya en su faceta trágica algo menos de desaprensión y algo más de solidaridad con sus figuras abatidas. La soledad de sus personajes no es circunstancial, sino intrínseca. Un cierto fatalismo emana de estos hombres anodinos, agobiados, seriados, números en la multitud según Kierkegaard.

Por otra parte sus íconos oscilan entre lo simple elemental y lo grotesco en términos de violencia a ultranza. Difícil sería definirlos como caricaturas, aunque de hecho no carezcan de rasgos orientados en ese sentido, pero esas pseudo - caricaturas apuntan a la naturaleza interior, que se exterioriza en forma teratológica acentuando hasta lo farsesco el carácter o el vicio predominantes en el individuo. El humor con que ridiculiza a sus personajes tiene sin duda una impronta de crueldad que desliza hacia la burla implacable en la forma de representación de estos hipócritas individuos, homo hominis lupus desdoblados a las veces en víctimas circunstanciales, sobre una constante de intrínseco desamparo.
    Puesto que obsesión, el tópico de lo humano tratado desde sus inflexiones es la materia excluyente con que Cardarelli moldea sus versiones sea en dibujo, sea en diminutos estereotipos volumétricos, sea en esculturas en fibra vegetal, en sí suerte de dibujos espaciales, ingrávidos por falta de masa, quizá la forma más fiel de representación de sus dibujos en el espacio. En suma, su sensibilidad se vincula naturalmente a la línea sobre el plano o en el espacio, considerando que sus homúnculos, si corpóreos, son de hecho esenciales, quasi contornos.
    Sobre planos neutros, texturados o suavemente acuarelados las figuras se develan como instantáneas de personajes sorprendidos en plena negación de su desinteresada muletilla “sin fines de lucro” o como filántropos retratados solemnemente en un reposo ficticio, sólo contradicho por las bocas que, entreabiertas en actitud de acecho o abiertas como fauces, dejan a la vista el carácter agresivo de su relación con el mundo. El trazo coloreado casi siempre en primarios viaja sobre fondos evanescentes, aunque con carácter de excepción pueda emerger un verde, un celeste u otro color. Estos cromatismos se tornan restallantes, tomando en el caso del rojo una tónica fácilmente asociable a lo sanguinario o a la  pasión extrema. Seres vagamente zoomorfos, calaveras abigarradas de porte impávido, esqueletos gesticulantes armados de hiperbólicas dentaduras como fieras de presa. A veces prima el azul armónico y apacible, las menos. Con mayor frecuencia son los rojos, fucsias y amarillos ácidos portavoces del ludibrio del autor hacia sus personajes.
    La mancha difuminada o densificada por el azar vagaroso del agua es la materia con que Cardarelli colorea la realidad interna de estos personajes, sobre la que viajan líneas no delimitantes sino sólo en tránsito, serpenteando por el cuerpo apenas esbozado de los personajes. Líneas-trazos de diferente espesor, siempre dinámicos, deambulan errantes contradiciendo de esa forma el estatismo aparente de la figura humana o avin iéndose a la conmoción patentizada en la representación de ese otro yo, de hecho único yo real de los personajes. La menuda línea en tinta negra que podría conceptualmente atribuirse al contorno deriva a menudo hacia el interior de la figura, integrándose a esa suerte de campo expresivo y definiendo los rasgos más ilustrativos de su esencia: los ojos y la boca. Sólo ocasionalmente están presentes el cabello, el torso, los miembros como ampliación insignificante de la figura, datos que sólo aportan un mayor grado de sarcasmo, llevado a su extremo en otra inesperada referencia a la realidad: el engendro cruento viste una delicada blusa o está tocado de un alto sombrero.
    En la estética de Cardarelli, en extremo violenta y en especial dinámica, todos los elementos de su lenguaje expresionista contribuyen al logro de esta  hiperactividad de tónica agresiva: la eliminación de rasgos faciales con miras a una síntesis significante, el uso del color restallante, ácido y abigarrado, la profusión de líneas cromáticas que deambulan, se entrecruzan atropellándose, avanzan sinuosas y retroceden con brusquedad, recorriendo el plano. Podría observarse en la espontaneidad y el carácter de estos dibujos cierto aire de familiaridad con la estética del graffiti, en que muy escasos elementos gráficos enfatizados viabilizan un mensaje directo, llamativo e impactante. Estos caracteres conectan comúnmente y también en este caso con el comic, del que Cardarelli toma entre otros signos el de la lengua viperina, que atrapa a incautos hombrecitos. Éstos son llevados al extremo de la distorsión o simplificados a ultranza hasta integrarse a series minimalistas en que la forma humana, geometrizada o apenas reconocible en su elementalidad, se dibuja encerrada o se yergue aislada – en su instancia volumétrica - en pequeños compartimientos de color, reducida en el caso del plano a su deducción por contexto, puesto que semejantes a figuras del paleolítico.
    Renglón aparte para su escultura en fibra vegetal, su hombre abrumado carga con toda la soledad y el peso insoportable de su condición humana, tanto como sus figurillas solas y seriadas, ingrávida aquélla, incoloras éstas. Desolación, inercia, agobio, resignación. La fibra vegetal es utilizada por el artista como la pluma para concretar el trazo espacial en variantes de grosor y entramado, siguiendo en su conjunto una orientación decumbente de pronunciadas líneas curvas, aceleradas hasta constituir una forma cerrada, una oclusión conceptual del individuo frente al mundo, única defensa a su orfandad. Atento al trazado ininterrumpido de estas líneas de larga cadencia, Cardarelli omite deliberadamente la cabeza del personaje obteniendo en consecuencia una mayor regularidad formal por abstracción del detalle prescindible.
    Como óptica de contrapartida, el artista juega con sus homúnculos como si de batallones de soldaditos de plomo se tratase, enfrentándolos en desigual situación a desaforados y ridículos seres ululantes, ubicándolos sobre gigantescos sillones, sometiéndolos a situaciones absurdas que inducen al contemplador a una sonrisa y encauzando su distanciamiento del fatalismo de la situación. Desde la óptica humorística, de tónica absurda y reverso crítico, el artista se presenta como un distante digitador de sus personajes, el guionista del Guiñol, cumpliendo asimismo el rol de dramaturgo de grandes tragedias de la naturaleza humana con temáticas tan universales como las del teatro griego.
Doble lectura para una imagen de los protagonistas del doble discurso. “Sin fines de lucro”, consigna lexicalizada como de dudosa veracidad por la sociedad y paulatinamente devenida frase vacía, representa la visión inclemente de Bernardo Cardarelli arrojada sobre la naturaleza humana, sin crédito visible a favor de una vía de enmienda. Sin embargo, quizá no sea del todo necio pensar que el arte  per se - metáfora y no panfleto - pueda contribuir a medrar en tiempos de absoluta inmovilidad por falta de objetivos y por sobrante de conformismo. A pesar de esto, sigue siendo inherente al arte la capacidad de trascendencia y de transmutación del espíritu: las utopías no han muerto. Valga entonces un voto de confianza.

                                                                                      MARÍA E. YUGUERO